Ojalá encuentres a alguien
que te vea bailar, reír
y no quiera
cambiarte la música ni los chistes
que tanto te hacen feliz
Ojalá encuentres a alguien
que te vea bailar, reír
y no quiera
cambiarte la música ni los chistes
que tanto te hacen feliz
Cuando te dije que habías roto cada parte de mi, no estaba mintiendo. Me rompiste de una manera que no pensé que fuera posible, sentía el dolor consumir mi cuerpo cada segundo del día, a tal grado que mi cuerpo se convirtió en un infierno.
Sabías el poder que tenías. El poder de consumir por completo cada pedazo de felicidad que mi corazón tenía. El poder de transformar la luz que rodeaba mis días en una oscuridad infinita.
Ahora te pregunto, ¿qué se siente saber que has roto por completo a alguien? ¿qué se siente saber que las lagrimas que recorren mis mejillas por las noches se deben al estado de vulnerabilidad en el que me dejaste? ¿que se siente apagar el brillo en el alma de alguien?.
Te amé. Ese amor que es tan grande que no puedes encontrar las palabras para expresarlo, por más que lo intentes. Te amé de tal manera que juntos hacíamos arte. Te amé con todos y cada uno de tus defectos, pues eran lo que te hacían ver perfecto. Te amé tanto, que te entregue en bandeja de plata el poder más temible de todos. El poder de destruirme.
Y lo hiciste. Me destruiste. El dolor que siento es casi insoportable, pero se que el tiempo hará de las suyas para borrarte de mi corazón, poco a poco. Lo único que espero es que al final me quede una cicatriz, una astilla de dolor que me haga recordar nunca maldecir a nadie con esta sensación de angustia casi debilitante.
Cuando te dije que habías roto cada parte de mi, no estaba mintiendo
-freudmoderno
“Hay personas que no saben pelear por quien quieren. Y él era una de ellas. Sólo le importaba esa versión agria que despedía cuando estaba conmigo. No logro reconocerme al estar con alguien que su indiferencia me hacía sentir miserable. Eso no es amar. El amor no destruye, sino construye. A veces puentes. Otras veces, un atardecer donde reconstruirnos la mirada. Pero ahora entiendo cuando dicen que el amor es ciego. Y, efectivamente, me puso una venda en los ojos para impedir ver la realidad: que él no me amaba. Que yo era uno más de sus caprichos, que yo representaba un objeto al cual usar, besar y luego desechar. Pero qué pasa cuando después de todo lo vivido, toca solamente que recordarlo. Tocar la sonrisa de esa fotografía donde sonríe con la fría mano de la nostalgia. A veces quisiera volver. Volver a intentarlo. Pero luego recuerdo que él ni siquiera lo hizo por mí. Y que, cada noche, antes de dormir, pensaba que estaría a mi lado siquiera un infinito, y ahora me doy cuenta que no fue suficiente. Él no fue suficiente. Qué pasa cuando, al final del día, ya no hay nadie a quien llamar y desahogarse y decirle que no puedes con tu mundo. Y un día te das cuenta de que ese alguien jamás lo sostuvo por ti, sino que eras tú quien se hacía la idea de que lo estaba haciendo. ¡Maldito! ¡¿Por qué no hablaste claro desde el principio?! Yo no estaría esta madrugada escribiéndote. Echándote de menos. Necesitándote. Queriendo que vuelvas y me abraces hasta que me quede dormido. Que con tus frases cortas me hagas la noche un poco más larga. Lo jodido del recuerdo es que uno siempre recuerda lo bonito de ese alguien, casi siempre se olvida de lo que hizo mal y la razón por la que lloras, y uno tiende a querer olvidarlo todo para no sentir que la piel duele cuando unas manos que antes te tocaban como si fueses una isla virgen, de pronto, dejan de hacerlo. No te perdono. Aún no. Esta noche te la dedico. Esta noche lleva tu nombre. Esta noche es otra de tantas que me la pasaré llorando encerrado en estas cuatro paredes, que cuando estabas tú, eran mi mundo y no quería salir de él. Debajo de las sábanas podía olvidarme hasta de mi propio nombre. Si algún día llegas a leer esto (que lo dudo, siempre tuviste excusas para no hacerlo, o se te olvidaba, o no te importaba), quiero que sepas que, así como me hiciste sentir la persona más maravillosa del mundo, también quiero que sepas que yo fui el que me hice a la idea de que tú eras el lindo cuando en realidad eras un monstruo disfrazado de muchas caras bonitas. Y que, espero que el día que te topes con mi recuerdo, tu piel sienta la necesidad de sentir mis manos. De hacerles el amor a tus heridas. Y tengas que conformarte con pensar que un día yo te volteé a ver cuando tú volteabas a ver a otro lado. Que te escuchaba como si fueses mi canción favorita y que ningún atardecer se comparaba con verte desnudo tumbado en la cama. Que eras mi parte favorita de la vida, de la cama y del precipicio, ahí, donde solíamos sentarnos a ver al fondo para ver qué día caíamos. «Eres». «Eras». Cuánto tiempo hay entre ello. Eras mi parte favorita del día. Eres parte de mi olvido. Un gusto. Besos. Y recuerda: yo siempre estuve para ti cuando tú jamás lo estuviste para mí. Y ahora vienes a buscarme cuando yo ya estoy en otro lugar, en otro tiempo, con alguien más. Y tú te quedaste atorado justo donde me dejaste y de tanto que lloré, florecí. —¡Oh, mira! ¡Qué rosa más bella! Y te pinchas el dedo.”
— “No supiste batallar”, Benjamín Griss (via elchicodelayer)

¿No les pasa que últimamente no sienten nada? No estan bien, pero a la vez tampoco mal. Como si estuvieran no se, apagados.
“Una vez, tuve una novia de treinta años. De esas de la generación Beverly Hills, pantalones de campana y tamagochis. Me confesó que lloró con la muerte de Cobain. Aunque la del abuelito dime tú se la sabía de memoria (…) Presente en el nacimiento del móvil y del Internet, vivió la Revolución desde la perspectiva de la flor y no del fusil: gritó no a la guerra, derrumbó el muro de Berlín la primera vez que sonrió a alguien. A veces se confesaba Rocky, otras, perdía la dignidad proclamándose Spice Girl; ella siempre bailó sola en la fiesta pagana de los dieciocho, creció intentando encontrar a Wally, aprendió el arte de la mamada de los palotes y juro que todo ese dinero que gastó ha merecido la pena. Pues ella, acabó liándose conmigo. Yo, un rumano del 93’ que no tenía ni idea de qué carajo era Futurama o Farmacia de Guardia, no conocía a DiCaprio ni a Bisbal, aunque de su boca, aprendí muy rápido lo que significaban los palotes. Decía que lo que le gustaba en mí era la vitalidad y el tamaño, mi acento del Este y mis pintas de macarra. Ella, cuyo nombre solo, se merece un renglón entero de cualquier poema mío, era la manzana madura de la que siempre tenía antojo, la uva que nunca dejaba de soñar con ser vino en mi boca, cumplíamos las fantasías de todos los libros de fantasías, nos atrevíamos a soñar en fantasías, a besar en fantasías, ella, tan madurita, yo, tan rumano. Nunca hablamos del amor porque mi novia de 30 años estaba prometida: con su trabajo, su pareja, y con Dios. A ella no le importaba el futuro cuando estaba en mi cama, ni la hipoteca, ni los hijos, fui la distracción de su película y le encantaba eso de bajar el telón. Conmigo. Ahora, mi novia de treinta años ya ronda los treinta y muchos, se ha mudado a vivir sola, está casada con su trabajo y un vibrador gigante, sueña con dirigir su empresa y su vida, me escribe de vez en cuando, pero ya no nos vemos porque a mi ex novia de treinta y muchos años, lo que le va ahora es la calma y no mi locura, es la estabilidad y no mi caos, es la vida, y no mis poemas.”
— Miguel Gane